Conocí la técnica de la pirografía a través de redes sociales, viendo el trabajo de mujeres que creaban verdaderas obras de arte sobre madera. Me fascinaba cómo lograban representar paisajes, fauna y especialmente ese universo mágico de los hongos que tanto me inspira. Esa mezcla entre naturaleza, arte y fuego me atrapó por completo, así que comencé a investigar más y finalmente encargué mi primer pirógrafo por MercadoLibre.

Cuando llegó, no pude esperar para probarlo. La primera foto que comparto aquí corresponde a uno de mis primeros trabajos, donde descubrí lo mucho que disfrutaba el proceso. Aprendí que el pirógrafo tiene un regulador de temperatura, algo esencial para lograr diferentes intensidades de quemado: las sombras, los detalles y los trazos más marcados dependen de ese control. También fui entendiendo que cada tipo de madera reacciona distinto: algunas son más blandas, otras más duras, y las que tienen resinas pueden incluso provocar pequeñas llamas si no se trabaja con cuidado. Todo eso se aprende con la práctica, con errores y descubrimientos que hacen que cada pieza sea única.

Con el tiempo, fui adaptando mi forma de trabajar, incluso cubriendo el mango del pirógrafo con un trozo de cuero para resistir mejor el calor y poder trabajar por más tiempo. Lo que más amo de esta técnica es que, aunque es profundamente artesanal, me permite llevarla a un estilo más contemporáneo. Por ejemplo, puedo representar una cocina a leña del sur de Chile —tan típica y llena de significado— y combinarla con flores que evocan la primavera. Es una forma de expresar lo que vivo y siento aquí, en conexión con mi entorno natural.

Hoy la pirografía se ha convertido para mí en una forma de expresión y contemplación. Me permite unir lo artístico con lo cotidiano, lo tradicional con lo moderno, y sobre todo, me conecta con la esencia de lo hecho a mano: con calma, con sentido y con alma.

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