No llegué al sur a buscar inspiración. El sur ya estaba en mí.

No llegué al sur a buscar inspiración. El sur ya estaba en mí.

Soy diseñadora de ambientes. Eso es lo primero que digo cuando alguien me pregunta a qué me dedico, aunque sé que la mayoría no tiene muy claro qué significa eso. Diseñadora de ambientes no es decoradora de interiores. No es arquitecta. Es alguien que estudia cómo los espacios afectan a las personas — cómo se mueven, qué sienten, qué compran, qué recuerdan. Estudié con especialización en visual merchandising y retail, que básicamente es entender el comportamiento humano a través del espacio físico, la luz, el mobiliario, el recorrido. La neurociencia detrás de por qué te detienes frente a cierta vitrina y sigues caminando frente a otra.

Eso estudié. Y durante años trabajé desde Santiago en algo que amaba: producción de ferias para emprendedoras. No era glamoroso. Era logística pura — distribución de stands, coordinación municipal, apoyo en exhibición — pero ahí aprendí algo que ningún libro te enseña: cómo una mujer que lleva meses haciendo jabones en su cocina se para diferente frente al público cuando su puesto está bien dispuesto. Eso me quedó grabado.

Siempre supe que iba a terminar en el sur. No fue una decisión romántica ni una crisis de los treinta. Mis abuelos me dejaron esas raíces mucho antes de que yo supiera qué hacer con ellas, y en 2018 llegué a la Región de Los Ríos para quedarme. Con dos hijos y sin una hoja de ruta muy clara.

Lo que sí tenía claro era que quería trabajar con el territorio, no sobre él. Eso me llevó a acompañar a productores, artesanos rurales, mujeres que tenían un producto y no sabían cómo contarlo. Y ahí se me volvió a aparecer lo mismo que había visto en las ferias de Santiago: el diseño como herramienta de dignidad. No de marketing. De reconocimiento.

De esa experiencia nació El Taller de la Licha — y con él, los letreros en madera.

No son souvenirs. No son decoración genérica. Son piezas que parten de madera nativa recuperada del sur, con toda la historia que eso implica: el árbol, el tiempo, la textura que ninguna máquina programa. Pero lo que más me importa no es el objeto en sí. Es el relato que hay detrás.

Cuando trabajo con una artesana de 60 años que aprendió a tejer de su madre, que lleva décadas expresándose en una feria local y nunca ha tenido un letrero que hable de eso — ese letrero se convierte en otra cosa. Se convierte en la primera vez que su nombre está escrito en un letrero. En la primera vez que alguien se detiene no solo a comprar, sino a preguntar quién hizo eso y de dónde viene.

Eso es lo que me mueve. El origen de la materia prima. El oficio de quien trabaja con las manos. El saber que se traspasa de generación en generación y que muchas veces llega a una feria local sin ningún relato que lo sostenga, sin nada que le diga al que pasa: esto tiene historia, esto tiene a una persona detrás, esto vale.

Me gusta mucho esa parte del trabajo. Sentarme con una artesana, escucharla hablar de cómo aprendió, de dónde viene su madera, su lana, su greda — y después pensar juntas cómo eso se escribe, cómo se muestra, cómo se convierte en algo visible.

Trabajo desde acá, desde el campo, con mis hijos cerca y el sonido de la lluvia que en Los Ríos no es clima — es paisaje. Y no cambiaría eso por ninguna oficina en ningún piso catorce.

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